Anfitriones y víctimas: así era catalogada universalmente Bosnia y Herzegovina en la previa de las finales del Torneo Clasificatorio europeo. Italia era, con claridad, la gran favorita entre los cuatro equipos, por delante de Türkiye, Dinamarca y Suecia. Todo parecía dispuesto para su fiesta de regreso a la Copa Mundial de la FIFA.
Pero los bosnios no leen guiones ni tiran la toalla. Ya había protagonizado una remontada al estilo Ali contra Foreman en Gales durante las semifinales: Edin Džeko igualó en el último suspiro antes de que el equipo revirtiera el resultado y se impusiera en los penales. El consenso indicaba que ya habían rendido por encima de lo esperado. Sin embargo, el tetracampeón del mundo apareció como un gigante demasiado imponente para ser derribado por los Dragones.
Parecía que así sería cuando el equipo de Gennaro Gattuso se adelantó rápidamente gracias a Moise Kean. Sin embargo, una vez más, los Dragones se negaron a rendirse. La esperanza bosnia creció cuando Alessandro Bastoni fue expulsado por frenar a Amar Memić cuando se encaminaba al gol. A pesar de insistir con centros constantes al área, chocaron una y otra vez con Gianluigi Donnarumma y su línea defensiva.
Entonces, cuando el tiempo se agotaba, Haris Tabaković aprovechó un balón suelto para marcar el empate. Tras un tiempo extra sin goles, todo parecía inclinarse nuevamente a favor de Italia, respaldada por la imponente figura de Donnarumma bajo los tres palos.
El arquero de 1,96 m, que había contenido penales a figuras como Cristiano Ronaldo, Luka Modrić y recientemente Vinícius Jr., no pudo detener los remates de Esmir Bajraktarević, Kerim Alajbegović, Tabaković y Benjamin Tahirović. Por el lado italiano, Pio Esposito y Bryan Cristante enviaron sus ejecuciones por encima del travesaño y contra el mismo.