El boom de los independientes.

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Espejo Roto
  
OCT
16
2017
Julio Santoyo Morelia, Mich. Que todo ciudadano pueda ser votado es un principio que una democracia debe garantizar. Si lo hace a través de partidos o de manera independiente, y así se permite, habla bien de la democracia; es saludable para permitir las múltiples expresiones políticas en torno a las cuales pueden identificarse los electores. Pero en el caso mexicano las postulaciones independientes se han abierto paso, primero a contrapelo de la partidocracia que había monopolizado esta facultad, y luego motivada por la propia crisis que viven los partidos políticos que viven una constante expulsión de liderazgos que encuentran en la independencia la vía para seguir compitiendo electoralmente.
Pero uno de los factores que más ha contribuido a la legitimación social de las postulaciones independientes es la pérdida generalizada de prestigio de los institutos políticos. La poca eficacia en el ejercicio del gobierno, la corrupción que no son capaces de combatir, la frivolidad en el manejo de los asuntos públicos, la inconsistencia de políticas vitales como la que debe garantizar la seguridad de los ciudadanos, son referentes a los que son altamente sensibles los electores y que no dejan pasar por alto a la hora de expresar su nivel de credibilidad por quienes gobiernan; la mezquindad con que se manejan los asuntos internos de los partidos, la lejanía entre el interés de los líderes partidarios y los de la sociedad, la estrechez en la visión política de la partidocracia que no anima la toma de conciencia social, la cultura dinástica y de clanes que se imponen en los mismos en lugar de la eficiencia política y la pobreza en la comprensión de la problemática que vive el país y en las alternativas que pueden construirse para el bien público, han tirado a la lona el prestigio, credibilidad y confianza de partidos, políticos y gobernantes.
En este terreno desierto, abandonado por los liderazgos de los partidos, los que sobreviven sólo gracias a su voto duro, la emergencia de los independientes ha ganado, hasta ahora, un espacio desde el cual la disputa por la representación pública aparece como viable. Ser independiente tiene una connotación, hasta ahora virtuosa, que en automático busca el cobijo de una aura de limpieza y de lejanía con la partidocracia. Es decir, ser independiente, como sinónimo de no ser parte de la política tradicional, e incluso en algunas versiones más candorosas independiente como ajeno a la política, por aquello de que toda política es sucia. Se ha creado el imaginario del independiente como el quijotesco personaje que no siendo político luchará contra los políticos y será electo en un cargo político para combatir a los políticos.
El hartazgo mexicano contra la ineficacia y la corrupción ha puesto en el banquillo de los acusados no sólo al político ladrón y al mal gobernante, ha puesto a la política en sí. Muchos mexicanos no quieren saber nada de política porque creen que todo eso es corrupto, cínico y la causa de los males del país. Y aplaudiendo el atraso de esta visión muchos independientes le queman incienso y le hablan a su auditorio haciendo apología de la no política y de la "independencia", mintiéndoles descaradamente a sus oyentes, porque todo aquél que participa en los asuntos públicos está haciendo política, no hay de otra. Una cosa es que haya política eficaz y política ineficaz o buenos políticos o malos políticos, y que los buenos políticos sean moralmente buenos y los malos lo sean moralmente malos.
Antes que emergiera el fenómeno de los independientes, al electorado con altos niveles de hartazgo, le dio a manera de venganza contra los malos políticos, por llamar a votar por una mascota, un gato o un perro, o como en el siglo pasado les dio por convocar a votar por Cantinflas.
El derecho a votar y ser votado es un componente esencial de la democracia. Las candidaturas independientes tienen sentido en ese contexto. Pero que la solución al fondo de los problemas que tiene el país provenga mágicamente de la emergencia independiente es una falacia. Así como masivamente han emergido independientes, el país necesita masivamente de ideas, propuestas, pero sobre todo de acciones que comiencen a resolver los problemas de la nación, uno de ellos, por cierto, el de la grave crisis de legitimidad de la clase política, que si no se atiende precipitará al país a la ingobernabilidad. La nación mucho agradecería que a esta profusión de independientes le siguiera igual una profusión de ideas y proyectos viables y de ejemplos de buena política.


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